AcuerdoIntercultural - El uso de las persianas
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El uso de las persianas PDF Imprimir E-Mail

Soy de Bogotá. Vivo en Madrid desde hace cinco años. Estoy casada con un madrileño encantador, de mente abierta. Cuando decidimos juntarnos, empezando un verano, discutimos mucho por un mismo motivo: el uso de las persianas. Para cada uno de nosotros, las persianas debían utilizarse de cierta manera (la que teníamos hasta ahora por costumbre cultural y hábito familiar!). Por tanto, la idea fija de ambos era exponer al otro su lógica particular de uso con la idea de convencerle.

Para él, las persianas debían bajarse a diario, por razones de intimidad y por el mantenimiento de una temperatura ambiente agradable (sin exceso de calor, ni de frío, según la estación). Para mí, las persianas debían mantenerse siempre totalmente abiertas para tener en casa, de día, mucha luminosidad, y de noche, algo de claridad, que traducido en mis términos de calidad de vida, ayuda a mantener el ánimo arriba y evita la depresión.

Debo decir que este conflicto nos dio para mucho. Hizo que nos cuestionáramos muchas cosas como individuos y como seres sociales. Nos preguntamos muchas veces mientras discutíamos si nuestro conflicto respondía ¿a una cuestión de machismo o feminismo?, ¿a una cuestión relacionada con el mal entendido concepto de desarrollo Norte/Sur?, ¿o se trataba de la pérdida de libertad individual ante la convivencia en pareja?.  Por fortuna, nuestro conflicto no respondía a ninguna de las anteriores causas. Una vez que “desarmamos nuestros espíritus”  nos convencimos de que todo era cuestión, única y exclusivamente de PERSIANAS!!!!.

De todas maneras, ante tantos cuestionamientos difíciles de nuestra parte, probamos un tiempo la fórmula de cada uno. Vaya sorpresa!. Al final me gustó la suya, porque aunque cedía aparentemente aspectos esenciales de mi bienestar, ganaba en otros con los que no contaba en principio: desconocía las altas temperaturas del verano en Madrid, la larga duración de las horas de luz de ese tiempo del año y el gusto que se siente cerrar las persianas y aislarse del mundo cuando el frío acecha. Así que desde entonces, sin falta, sigo la rutina de subida y de bajada de persianas, según el uso o costumbre que se lleva aquí. Entendí, a través de este hecho aquello de “a donde vayas haz lo que vieres”! porque seguro responde a una sabia lógica local.

Unos meses después fuimos con mi marido de visita a Bogotá a casa de mis padres. Allí mi marido quiso seguir con su rutina madrileña de uso de persianas, pero se dio cuenta que allí no tiene sentido la misma porque son otras las circunstancias: la temperatura en ninguna época del año es de extremos. Hace frío todo el año pero el paisaje es de eterna primavera- Los edificios y casas están tan separados entre sí, que no se ven los vecinos, ni ellos te ven. Las horas diarias de luz son la misma cantidad durante todo el año. En fin... que allí no tuvo los porqué que justificaran bajar o subir las persianas a su manera. Al menos no los mismos que tiene para hacerlo en Madrid. Incluso hacerlo le causó depresión porque confirmó que allí la entrada de luz tenue da brillo y vida a la casa, y eso a su vez se refleja en el ánimo... como le dije yo. Cuando quiso dormir, cerró las segundas cortinas de la habitación, que suelen estar hechas de una tela más tupida. De lo contrario sólo se usa un visillo. De esa manera confirmó, llegado su momento, lo mismo que yo, que la gente hace lo que tiene que hacer en cada lugar, y que lo hace por un algo, y que no hay una única forma (absoluta!!!) de hacer las cosas, que todo depende de las circunstancias.

Dentro de poco vamos a viajar a un tercer lugar, desconocido para ambos, ya veremos el ritual que se lleva allí con las persianas. Martha!!!.

 
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